Kōyō captura la belleza efímera del otoño, cuando las hojas se tiñen de rojos y dorados antes de caer. Más que una representación del cambio estacional, la obra invita a reflexionar sobre la transitoriedad de la vida, un tema profundamente arraigado en la cultura japonesa.
La caída de las hojas simboliza tanto la fragilidad como la regeneración, recordándonos que la belleza se encuentra en su fugacidad.
Mediante esta síntesis de paleta de colores, la obra no solo presenta el esplendor del otoño, sino también una meditación sobre el paso del tiempo y la conexión con nuestra propia finitud.
Kōyō evoca el concepto de mono no aware, la emoción que surge al ser conscientes de la impermanencia.














